jueves, 3 de marzo de 2016

Relato - Lobo Solitario 4

Sintió dolor cuando cayó al agua, no en vano había caído de varios metros de altura. Tan poco había tenido muchas opciones, de haberse quedado el oso lo habría matado con casi toda seguridad.
            A pesar de que el agua estaba tranquila, sintió como si cayera en tierra dura. Por suerte su cuerpo no se hundió en el agua, pero apenas conseguía mantener la cabeza fuera de ella. Oyó el rugido de rabia del oso, una promesa de que acabaría mal si volvía a aparecer por su montaña.
            El lobo no podía moverse, el agua fría y la caída había entumecido su cuerpo momentáneamente. Dejo que lo arrastrase la corriente, no tenía otra opción.
            Pasó mucho tiempo en el río, desconocía cuanto tiempo había pasado. Solo veía las altas paredes de roca, rodeándolo todo a su alrededor. Sintió algunos peces curiosos acercarse, algunos solamente pasaban por su lado y otros, los más atrevidos, se atrevían a tocarlo. Eso al lobo no le preocupaba, los peces eran comida y nunca sería al revés.
            Después de estar tanto tiempo en el agua notó un cambio en el paisaje, las paredes de roca se abrieron para dejar ver algo más. Vio el cielo abierto con su azul infinito  y un lugar nuevo, el más bonito hasta ahora, el río lo llevaba directo hasta él. Un paraje lleno de flores se extendía hasta donde alcanzaba la vista, multitud de olores diferentes llegaban a su nariz.
            Finalmente llegó hasta allí. Las paredes de roca desaparecieron del todo para dar lugar a un espacio abierto. Podía ver la orilla cerca, cubierta de tierra, tan cerca que solo le bastaría nadar un poco para alcanzarla.
            El lobo intentó moverse y lo consiguió, sus patas volvían a obedecer sus deseos. Nadó hasta la orilla lentamente, pues su cuerpo aún estaba un poco entumecido por la caída. Tardó un poco pero finalmente llegó, se tumbó en la orilla para secarse. Desde ahí pudo ver mucho mejor el lugar.
            Estaba lleno de flores, de una variedad y colorido que nunca antes había visto. Todo el paisaje era una mezcla de belleza y olores, olía tantas flores distintas que no sabría decir a cual pertenecía cada fragancia. No solo había flores, un gran número de insectos disfrutaban de su néctar. Vio abejas, mariposas y muchos otros bichos desconocidos.
            El lobo estaba maravillado con lo que veía, quería verlo todo más de cerca. Se levantó y se acercó con el entusiasmo propio de un cachorro. Pasó entre las flores absorbiendo su aroma, sin atreverse a olerlas directamente, pues las abejas se molestaban con facilidad. La hierba bajo sus pies era tremendamente suave, sentía un cosquilleo en las almohadillas de las patas.
            <<Este lugar es magnífico>> pensó el lobo maravillado.
            Le encantaba todo cuanto veía, la tranquilidad se respiraba en el ambiente. No había animales peligrosos que lo intimidarán, tampoco hacía frio ni calor. Sin embargo había algo que lo sorprendía: no había rastro de ningún animal. Lo único que veía eran flores e insectos, parecía que fuesen los dueños de ese lugar.
            Entonces oyó el sonido de la hierba al moverse, un sonido que solo podría hacer un animal. Se giró para ver al recién llegado. Era una loba, pero no una loba cualquiera. Su pelaje era blanco como la nieve, era muy hermosa. La loba no tardó en verle, avanzó con pasos tranquilos entre el amplio colorido de aquel lugar.
            El lobo se quedó dónde estaba, no sabía que decir. Había convivido mucho tiempo con su manada y sabía bien como hablar con las hembras, pero esa era distinta. Tenía algo diferente, no sabría decir el que pero se sentía acongojado ante su presencia, temeroso de espantarla con cualquier cosa que dijera.
            Al parecer la loba no pensó lo mismo, pues fue la primera en hablar.
            -Bienvenido –dijo la loba con amabilidad, después lo miró con extrañeza al ver que estaba mojado-. ¿De dónde vienes?
            -Vengo de muy lejos –respondió el lobo con rapidez, presa de los nervios-. Crucé las arenas del desierto, vi el mar extenderse hasta el infinito y viví un tiempo en la montaña hasta que me encontré con un oso. Tuve que saltar al río para sobrevivir, después llegué aquí.
            -¡Un viajero! –soltó la loba con evidente sorpresa, su sonrisa se hizo más amplia-. Sabía que tenías que serlo. Eres el primer lobo que llega a este lugar.
            El lobo no se sorprendió de oír eso, en verdad había pensado que aquel lugar pertenecía a los insectos, o eso creía hasta que vio aparecer a la loba. Se alegraba mucho de verla, siempre era una alegría encontrarse con una hembra de su especie, pero nuevamente no sabía que decir.
            Podría preguntarle por ella, pero temía que se molestase. La incertidumbre no era algo a lo que el lobo estuviese acostumbrado, de hecho era la primera vez que sentía algo así, nervios tan intensos que recorrían su cuerpo como pequeños insectos, extendiéndose por todas partes y haciéndole temblar por dentro.
            Quería saber más de la loba, pero también quería saber que era ese lugar, porque era tan bonito. Su curiosidad fue lo que le llevo a iniciar el viaje, lo que le permitió conocer tantos lugares diferentes y a otros animales, lo que condujo sus pasos hasta allí. Siempre le había sacado de cualquier apuro, por lo que confiaría una vez más en aquello que lo caracterizaba: la curiosidad.
            -¿Qué es este lugar? –preguntó el lobo con toda la tranquilidad de la que fue capaz, que no fue fácil de reunir-. ¿Por qué no hay más animales? ¿Por qué estás sola?
            -Demasiadas preguntas a la vez –respondió la loba entre risas. En su mirada no había burla, lo que tranquilizó un poco al lobo-. Este lugar se llama llanura y como ves, está lleno de flores e insectos. La verdad es que no sé porque no hay más animales, cuando llegué aquí no había nadie. Es algo solitario pero muy bonito, aquí no tengo que preocuparme de nada. Lo único que echaba de menos era la compañía de alguien, algún animal con el que poder hablar. Siempre había estado sola… –hizo una pausa elocuente, su sus ojos estaban concentrados en el lobo. Lo miraba como nunca antes lo miró nadie, como si nada más que él fuera importante- hasta ahora.
            Entonces el lobo lo supo, la respuesta que tanto tiempo anduvo buscando. Nunca había buscado su viaje en el mundo, no dejó el bosque porque no lo sintiera como su hogar. No, esa nunca fue la razón y, hasta ese momento, el lobo no fue consciente de ello.
            Recordó que fue lo que lo llevo a viajar, ese sentimiento de vació del que nunca pudo librarse, esa soledad que lo siguió a todas partes como si fuera su sombra. No necesitaba buscar más, pues ya lo había encontrado. La respuesta a sus preguntas estaba frente a él, una compañera que siempre estaría a su lado, alguien que lo completase y expulsará la soledad de su corazón.
           
            Así terminó el viaje del lobo, un viaje que no acabó hasta que el mismo final le encontró a él. Esta historia, como muchas otras, tiene una moraleja, una enseñanza que puede extraerse, concretamente, de este último relato y esa enseñanza es: “todo el mundo necesita a alguien, esa media naranja que la complete. Da igual que seas animal o persona, que seas un lobo o un chico, al final encontrarás el amor; o, como en esta historia, el amor te encontrará a ti”


                                                                       Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

2 comentarios:

  1. Preciooosooooo *-* Me a encantado como a acabado la historia,me alegra saber que sobrevivió porque al final todo acabó en un final feliz :) Felicidadees por la historia ^^

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    1. Me das una gran alegría con tus palabras, esta fue mi primera serie de relatos (y por supuesto no será la última). Me tomó un tiempo darle forma a esta última parte, pero mereció la pena. Muchas gracias :)

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