lunes, 15 de febrero de 2016

Relato - El lobo solitario 3

La arena lo acompañó durante un par de días más en su viaje, ya no le molestaba el calor del día ni el frío de la noche. Acabó por acostumbrarse, ya que en eso consistía la supervivencia, en adaptarse al cambio de entorno. El único problema fue la falta de agua, pues el agua del mar tenía un gusto horrible y acrecentaba su sed en vez de aliviarla.
            El tercer día avistó un paisaje desconocido. No era un cambio leve como sucedió cuando llegó al mar, sino un cambio completo. A medida que avanzaba la arena desapareció por completo, en su lugar lo que encontró fue roca. El suelo bajo sus pies era duro, nada que ver con la suavidad de la arena.
            A su alrededor la naturaleza volvió a cobrar vida. Vio árboles y arbustos, flores y roca, pues era el elemento reinante en ese nuevo lugar. Había muchas clases de rocas: las había tan pequeñas, que apenas se percataba de su existencia hasta que las pisaba; otras eran mayores que él e incluso más grandes; pero nada tenían que ver con las gigantes, que se elevaban hacía el cielo hasta el punto de que no podía ver a donde iban. ¿Llegarían realmente al cielo? Eso no podía saberlo, pues eran demasiado escarpadas y ascendían hacía arriba, de forma que aunque el lobo quisiera no podría subir por ellas.
            Reconoció varios sonidos familiares en ese nuevo lugar. El primero que oyó fue el trinar de los pájaros, una dulce melodía que hacía mucho que no oía. Por supuesto no solo disfrutaba de sus voces, pues también tenían buen sabor y serían la mejor comida que había tenido desde que partió de viaje. Lo siguiente que llegó a sus orejas fue el rumor del agua, el calmo sonido de un río en alguna parte.
            <<Por fin podré beber agua>> pensó el lobo con tremendo alivio, pues la necesitaba desesperadamente.
            Sus esfuerzos se concentraron en localizar el río, una tarea que no le resultó nada fácil. Descubrió que aquel lugar era enorme y que las apariencias podían engañar, que el río estaría mucho más lejos de lo que el sonido le indicaba. Buscó largo rato el río, se escondía muy bien. No estaba entre los árboles, tampoco lo encontró detrás de los arbustos, ni los pies de aquellas rocas gigantescas lo ocultaban. ¿Dónde estaría el agua?
            Si no podría encontrarlo, entonces tendría que confiar en que la suerte lo llevase hasta él. Con ese pensamiento en mente caminó por uno de los tantos caminos que encontró, uno que formaba un pasillo entre dos de esas rocas gigantescas, lo bastante espacioso para que pudiese pasar con comodidad. Volvió a oír el sonido del agua fluyendo, esta vez con mayor claridad. Animado por poder encontrar la ansiada agua, el lobo corrió para llegar lo más rápido posible.
            Al final lo que encontró fue sorprendente. El suelo rocoso se acababa más adelante, formando una caída de varios metros. Abajo del todo estaba el agua, tan lejos que no podía alcanzarla. Por suerte para el lobo un sendero a la derecha descendía, pero era un camino angosto y peligroso. Si quería beber no tenía otra opción que bajar.
            El descenso no fue nada fácil. Sus patas muchas veces estuvieron a punto de pisar una roca suelta y precipitarse al vacío, un paso en falso podía matarle. A medida que bajaba podía escuchar mejor el agua, pero había algo que el lobo no entendía. Había buscado el agua largo tiempo por todas partes y la había encontrado más lejos de lo que pensaba, ¿cómo era posible que oyera el agua entonces? Poco tiempo pudo pensar en ello, pues llegó al final del camino.
            La tierra era más blanda en la orilla, un bosque se extendía detrás del río pero ahora solo le importaba el agua. Se acercó al río y bebió en abundancia, aquella agua estaba limpia y sació por completo la sed que había soportado desde que se internase en el desierto. Tampoco le había atacado ni pareció que su presencia le molestase, le dejo beber sin ningún problema.
            Con su sed ya saciada se internó en el bosque, ahora era comida lo que necesitaba y el piar de los pájaros auguraba una buena caza.
           
            Permaneció en aquel lugar varios días y aprendió mucho de él. Descubrió que no solo había pájaros, sino también conejos y otra clase de animales pequeños; una vez incluso vio un ciervo del que dio buena cuenta, fue su mejor cacería en mucho tiempo. Una de las cosas que más le sorprendió fue saber el motivo por el que oía el agua desde tan lejos. Eso era cosa de las rocas, que arrastraban el sonido a lo largo del entorno, bien para llevar allí a quien lo buscara o para confundirlo. Otra cosa que el lobo tuvo clara desde su llegada fue que había dos partes bien diferenciadas: la parte rocosa y la parte boscosa. La mayor parte del tiempo permaneció en la zona boscosa, cazar era mucho más fácil allí; solo iba a la parte rocosa cuando quería explorar, pues poco encanto tenía un paisaje compuesto mayormente por rocas.
            Era un lugar agradable para vivir, allí no le faltaba de nada. Muchas veces pensó el lobo que ese podría ser su nuevo hogar, que su búsqueda había llegado a su fin. Podría haber sido así, el lobo se habría quedado allí si por él fuera. Lamentablemente algo sucedió.
            Ocurrió cuando el sol aún brillaba en lo alto, mucho después de la mañana pero demasiado pronto para ser de tarde. El lobo descansaba plácidamente a la sombra de los árboles, había cazado a su segundo ciervo y estaba saciado. Lo atrapó en la zona rocosa y como estaba cansado de la cacería, decidió descansar allí mismo bajo los primeros árboles que encontró. No lo había devorado por completo, dejó parte del costado por si luego tenía más hambre.
            El lobo tenía los ojos cerrados, disfrutaba del suave viento acariciando su pelaje. Entonces oyó un sonido conducido por el suelo de roca, luego otro más fuerte. Abrió los ojos y se concentró en el ruido, era siempre el mismo y cada vez se oía más cerca. No tardó en ver la fuente del ruido, se levantó nada más verlo.
            Por uno de los caminos, el que llevaba a unas cuevas, venía un oso enorme. Era mucho más grande que cualquiera que hubiese visto antes, su pelaje era de un marrón oscuro y parecía furioso. El lobo se puso en guardia pero no erizó el lomo, contra un oso tan grande no tenía posibilidad alguna de ganar. Le superaba ampliamente en tamaño y por si fuera poco era robusto, seguramente tenía tanto pelo que ni siquiera alcanzaría a hacerle rasguños con sus dientes.
            El oso tenía las fauces abiertas, sus colmillos eran enormes y amenazaba con destrozar a cualquier cosa que mordiera. Unos cuantos pasos más bastaron para que lo tuviera a una distancia preocupante.
            -Así que tú eres el animalejo que ha estado cazando en mi montaña –su voz era grave y tenía un matiz peligroso. Miró al cadáver del ciervo y luego volteó hacia el lobo-. ¿No tenías bastante con matar un solo ciervo? Apenas quedan unos pocos y tú ya has matado a dos.
            -No sabía que alguien viviera aquí –se excusó el lobo. Estaba a la defensiva, listo para correr en cualquier momento-. Este lugar es bastante grande. Podemos vivir los dos aquí.
            El oso bramó, mostrando todos sus dientes en una mueca feroz.
            -¿¡Te atreves a apropiarte de mí montaña!? –El oso se irguió sobre dos patas, haciendo alarde de su impotente figura-. ¡No solo te comes mis presas, sino que además te crees con derecho a hacerlo!
            El lobo retrocedió varios pasos. Aquel oso parecía terriblemente territorial y su furia crecía a cada momento que pasaba.
            -Lamento haberme comido tus presas –el lobo retrocedió hasta quedar a pocos pasos del árbol-. Me marcharé ahora.
            -¡Ya lo creo que te irás! ¡Te echaré yo mismo!
            Con un potente rugido el oso se puso a cuatro patas y cargó contra el lobo, que por suerte pudo apartarse en el último minuto. La embestida del oso fue tan fuerte que el árbol tembló con una violenta sacudida. El lobo no necesitó más motivos, comenzó a correr en dirección contrario.
            Oyó un nuevo rugido y las fuertes pisadas del oso a su espalda. Si lo cogía estaba muerto, lo aplastaría con sus zarpas si lo cogía. El lobo corrió por el primer camino que vio, no tuvo tiempo para pensar cual era. Las pisadas del oso sonaban aterradoramente cerca, si se detenía un solo segundo estaba acabado.
            El lobo no pensó en que camino había escogido, cuando lo descubrió ya era tarde. Había acabado al borde del suelo de piedra, abajo solo le esperaban varios metros de caída y el río. No tenía tiempo para bajar por el otro camino, era demasiado peligroso correr por allí y el oso lo atraparía.
            Un rugido más fuerte que los anteriores lo hizo temblar, las pisadas del oso sonaban demasiado cerca. No tuvo tiempo para pensar en una solución, se lanzó hacia el río. Si hubiera tardado unos segundos más en tomar esa decisión el oso habría acabado con él, aun así noto el aire moverse por un fuerte zarpazo destinado a él.
            Ya no le importaba el oso, que rugía a su espalda furioso. Solo podía ver el agua, cada vez más cerca, la caída era inminente. Con un fuerte chapoteo, el lobo cayó al río.


                                                                       Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

2 comentarios:

  1. Madre mía ...Pobre lobo que me lo vais a matar con tantos disgustos jajaja,me a gustado mucho la historia si señor,¿Al final sobrevivió a la caída?

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  2. Sabes que si :) Perdón por demorarme en responder, los exámenes nos dificultan el escribir tanto a mi compañero como a mí. Suerte que ahora viene el verano y somos libres (o al menos tenemos algo más de tiempo)

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