domingo, 13 de diciembre de 2015

Relato - El Lobo Solitario 2

Perdió la cuenta de los días, llevaba tanto tiempo rodeando el desierto que pensaba que no acabaría nunca. Sin saberlo el lobo pasó 4 días y 4 noches en aquel fatigoso viaje, evitando las eternas arenas pero no pudiendo evitar el infatigable calor del sol. Comenzaba a pensar que el feneco le había engañado.
            El desierto era más duro de lo que pensaba. Durante el día hacía un calor abrasador y por la noche las temperaturas bajaban tanto que necesitaba alejarse para dormir. Desde luego era un lugar difícil para vivir, el lobo no quería ni pensar lo que debía ser vivir en aquel paraje lleno de arena. Ni siquiera viajaba por el desierto y sentía los efectos en su pelaje.
            Fueron necesarios dos días más, con sus respectivas noches, para apreciar algún cambio. Poco a poco el terreno fue cambiando, primero un cambio mínimo y luego un cambio brusco. Al principio vio que la arena comenzaba a desaparecer, aunque eso no sería del todo cierto. Seguía allí, cubriéndolo todo, pero había disminuido significativamente.
            Al atardecer de ese mismo día escuchó un sonido familiar, inconfundible para sus oídos. Oyó el agua a lo lejos, no un agua tranquila cómo la de un lago sino agua en movimiento, estrellándose una y otra vez sin violencia alguna. El lobo desconocía que podía provocar que el agua se moviera continuamente, pero se alegraba por la cercanía del agua.
Sin pensarlo corrió, tan deprisa como le permitían sus cansadas patas, quería llegar cuando antes a su nuevo destino. A medida que se acercaba captó un olor, algo nuevo que no conocía. Eso lo motivó aún más, pues el lobo siempre había sentido curiosidad desde que fue un cachorro. Al anochecer llegó a su destino, se sorprendió ante lo que vio.
Frente a él se extendía más agua de la que había visto nunca, era como un lago sin límites. Feneco no exageraba, aquella inmensa superficie de agua era incluso más grande que el desierto. Volvió a sentir aquel miedo ante lo desconocido, la misma que había sentido al ver las arenas del desierto, pero la diferencia era clara: en el desierto no tendría que nadar; de hecho eso sería un gran problema para el lobo.
El cielo nocturno, junto a toda esa agua, componían un precioso paisaje. Las estrellas brillaban, tejiendo un delicado tapiz de luz, y la luna lucía orgullosa en el firmamento, rodeada de su corte luminosa. Las aguas eran oscuras, al menos la mayoría, pues la reina de la noche se reflejaba en una parte, arrancándole a las aguas destellos plateados.
No solo había agua. La arena se extendía hasta tocar el agua, quizás hasta siguiera por debajo. Viendo aquella grandiosa superficie de agua, entendió que era aquel sonido de agua moviéndose. El agua retrocedía una y otra vez, avanzando hasta la arena y retrocediendo justo después, repitiendo el mismo movimiento sin parar. El lobo se preguntó porque hacía eso el agua, ¿qué sentido tendría avanzar sin sentido hasta la arena?
No pensó en eso mucho más, la visión de toda esa agua era hipnotizadora, maravillosa. La travesía por el desierto lo había dejado sediento, sentía una sed tan intensa que dolía. Corrió hacia el agua, ansioso por beber toda la que pudiera. Esperó en la arena, sabiendo que el agua llegaría, tarde o temprano, hasta él. Finalmente el agua tocó sus patas y bebió con avidez, pero se llevó una sorpresa.
Aquella agua tenía un sabor extraño, eso lo dejo estupefacto. El agua no debería tener sabor, tampoco olor; pero esa agua tenía ambas cosas. El olor era el mismo que había notado en la distancia, pero no lo había atribuido al agua. Su sabor era desagradable, pero necesitaba beber y así lo hizo, bebió hasta estar saciado del todo. Cuando acabó, tenía la boca infectada de aquel sabor y sentía que le picaba la lengua; aun así necesitaba el agua.
De repente el agua lo atacó, se abalanzó sobre él sin previo aviso. El lobo se alejó, asustado, puso toda la distancia posible entre el agua y él. Desde la seguridad de la arena vio como el agua avanzaba más, con una violencia que no había mostrado antes. ¿Habría molestado al agua? No le importaba, tenía que beber para vivir. Aquella agua no se parecía nada a la de su bosque, que nunca se mostró violenta y dejaba beber a todos los animales.
Allí se quedó el lobo, observando el vaivén del agua y el cielo cuajado de estrellas. No podía vivir en aquel lugar. No veía comida por ninguna parte, aunque sabía que el agua estaría llena de peces; pero no quería vivir cerca de un agua como esa, temeroso de lo que le haría si intentaba cazar en su interior. Además no podía beberla, estaba seguro de que se pondría enfermo si dependía de un agua como esa. Se sentía decepcionado, el viaje hasta allí había sido largo y duro pero no sirvió de nada, su esfuerzo había sido en vano.
Estaba cansado. Se tumbó en la arena y cerró los ojos, ya pensaría que hacer mañana. Entonces oyó algo arrastrarse por la arena, era un sonido difícil de ignorar. Abrió los ojos, en busca de la fuente de aquel ruido, no tardó mucho en encontrarlo. Vio una forma oscura que se movía arrastrándose por la arena, pegada al suelo. Se preguntó qué clase de animal sería, quizás pudiera ayudarle en su búsqueda. No perdía nada por intentarlo.
Se desperezó y camino hacia aquel animal desconocido. Cuando se acercó, lo identificó enseguida. Era una tortuga, pero más grande que cualquiera que hubiera visto, aun así apenas se separaba del suelo. Tenía patas en forma de aletas y un gran caparazón, la forma de su cabeza le recordó a los huevos de los pájaros
La tortuga le miró antes de que pudiese hablar. Sus ojos le miraron tranquilos, sin preocupación alguna, viejos y llenos de sabiduría.
Hola, jovencito le saludó la tortuga. Es raro ver a un lobo por aquí, ¿qué te ha traído hasta el mar?
Viajo en busca de un nuevo hogar respondió el lobo y giro su vista hacia el agua. Así que esto es el mar.
Eso es dijo la tortuga girándose al mar. Esa gran masa de agua que ves ahí es el mar. Es enorme y sirve de hogar a infinidad de criaturas: grandes y pequeñas, amables y peligrosas, solitarias y familiares; hay tantas y tan diferentes que no podrías conocerlas todas en una sola vida sonrió. El mar es un lugar maravilloso para vivir.
¡Pero el agua sabe rara! ¿Cómo puedes vivir en un agua así?
Nunca habías probado el agua salada, ¿verdad? tras la negativa del lobo, la tortuga sonrío de nuevo. El agua del mar tiene una sustancia llamada sal, eso es lo que hace que el agua tenga un mal sabor.
El lobo asintió agradecido, se sorprendía de lo sabia que era la tortuga. Había oído historias sobre la sabiduría centenaria de las tortugas, pero siempre creyó que exageraban. Ahora veía que no, que eran ciertas; pero eso no resolvía su problema.
Estoy decepcionado le confesó a la tortuga. Esperaba encontrar un hogar aquí, pero el mar no es lo que esperaba.
Tal vez pueda ayudarte la tortuga se giró lentamente hacia la derecha, su cabeza apuntaba hacia el oeste. Si vas en esa dirección llegarás a un lugar diferente, tan opuesto al mar que te sorprenderás. Puede que allí encuentres ese hogar que tanto ansías.
El lobo miró a la tortuga agradecido.
Muchas gracias, tortuga.
No hay de que respondió la tortuga con un asentimiento de cabeza. Déjame darte un consejo antes de irte: cuando llegues al lugar del que te hablado ten cuidado, especialmente con los animales grandes.
Lo tendré respondió el lobo. Debo irme ya.
Te deseo suerte en tu viaje. No olvides mi consejo, te será de ayuda más adelante.
Con esas palabras la tortuga se volteó y siguió avanzando por la arena, lentamente, sin prisa alguna. El lobo comenzó a correr por la arena, tan animado por llegar al lugar del que le he había hablado la tortuga que ni descanso necesitaba. Así de despidieron dos animales tan diferentes como la noche y el día, cada uno siguiendo el camino que la vida les deparaba.
           

                                                               Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

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