domingo, 6 de diciembre de 2015

Relato - El lobo solitario 1

Hubo una vez hace mucho tiempo, un lobo que siempre se sentía solo. Era un lobo normal y corriente, uno entre tantos. No había nada que lo diferenciara de los demás. Formaba parte de una gran manada, una familia que lo abrigaba en el frío invierno. Desde que era un cachorro conoció el calor de la manada, aún así el lobo se sentía solo.
            Cierto día el lobo decidió viajar, ver el mundo más allá del bosque donde vivía  con su manada, y así lo hizo. No emprendió el viaje sin más, pues tenía un motivo: quería buscar su lugar en el mundo, un lugar donde no se sintiera solo. Le gustaba el bosque, lo sentía tan suyo como sus propias patas, pero no era para él. Sabía que no sería fácil, que el camino sería duro y difícil, pero eso no lo detuvo, pues su convicción era fuerte y profunda como las raíces de los árboles del bosque.
            Viajó sin descanso durante dos días y dos noches, quería encontrar su nuevo hogar cuanto antes. Al amanecer del tercer día llegó a su primer destino. Era un paraje árido, yermo, sin vida. Solo había polvo y se extendía más allá de donde alcanzaba la vista, hacía mucho calor. El suelo estaba blando, no era tierra firme como la del bosque pero tampoco se hundía.
            « ¿Qué debería hacer ahora?»
            Dar la vuelta no era una opción, había tardado mucho en llegar hasta allí. Miró el terreno que se extendía ante él, la inmensidad que se extendía frente a él le asustaba. Solo podía ver el sol, brillando en el solitario cielo, aplacando aquel extraño lugar con su calor abrasador. El lobo dudaba, no sabía qué hacer ante aquel obstáculo.
            Mientras pensaba en una solución, vio una forma moverse a lo lejos. Cuando se acerco lo suficiente pudo distinguir su forma. Era un animal pequeño, le resultaba familiar. Se parecía a una cria de zorro, pero era más pequeño y su pelaje era del mismo color que aquel polvo que todo lo cubría. El pequeño animal lo vio y se paró en seco, alerta ante su presencia. Sus ojillos lo miraban con atención, tensos.
            —No tengas miedo —le dijo el lobo—. No voy a hacerte daño.
            El pequeño zorro se lo pensó un momento antes de acercarse. Visto de cerca era mucho más pequeño, parecía inofensivo. Dio una vuelta a su alrededor, mirándolo con atención. Sus ojillos lucían curiosos.
            — ¿Qué eres? —preguntó el animal.
            —Soy un lobo —respondió con orgullo.
            — ¿Un lobo? Pensaba que los de tu especie vivíais muy lejos, en los bosques del sur —el pequeño animal giró la cabeza, parecía confuso—. ¿Qué hace un lobo aquí? Estás muy lejos de tu hogar.
            —Viajo en busca de un nuevo lugar donde vivir —explicó el lobo. Sentía curiosidad por saber que era ese animal desconocido—. ¿Qué eres tú?
            —Soy un feneco, un zorro del desierto —respondió meneando la cola—. Los de mi especie vivimos en el desierto, este mar de arena que ves ante ti.
            — ¿Desierto? —preguntó el lobo extrañado. Miró hacia abajo y movió aquel polvo extraño—. Así que esto se llama arena.
            El feneco lo miró sorprendido, no sabía si le estaba gastando una broma o lo decía en serio.
            — ¿Nunca antes habías visto el desierto?
            —No, esta es la primera vez.
            —Ya veo —dijo el feneco. Miró al desierto y luego al lobo—. Te recomiendo que des media vuelta, el desierto es un lugar duro para vivir. He visto a animales más grandes que tú sucumbir en el desierto.
            El lobo lo miró molesto, le ofendía que un animal más pequeño que él lo tomará por débil.
            —Ninguno de ellos era un lobo —respondió airado—. Los lobos no somos débiles.
            —No se trata de si eres fuerte o no —dijo el feneco en tono apaciguador—. Mira delante de ti. Lo que ves es lo único que hay, en el desierto solo reinan el sol y la arena. No hay agua ni comida, además no todos los animales del desierto son tan amables como yo. Para un animal como tú, que no conoces los peligros del desierto, es el peor lugar para vivir.
            — ¿No hay agua? —preguntó el lobo sin creerlo.
            —Bueno, eso no es verdad del todo. Hay sitios llamados oasis, pequeños paraísos repartidos por el desierto, pero son difíciles de encontrar. Morirías antes de encontrar alguno.
            —No creo que sea un lugar tan duro si alguien tan pequeño puede sobrevivir —respondió el lobo molesto.
            —Yo soy un feneco, el desierto es mi hogar —dijo sonriente—. Márchate, el desierto no es lugar para ti.
            El lobo reconsideró las palabras del feneco. No tenía motivos para mentirle e ignorar su consejo sería una estupidez, además aquella extensión sin final llamada desierto lo intimidaba. Una vez más el lobo no sabía qué hacer, quizás el feneco pudiera ayudarle.
            —No puedo volver de donde vine —explicó el lobo angustiado—, necesito encontrar un nuevo hogar.
            —Hay un lugar que tal vez te interese —contestó el feneco—. He oído que al este hay una extensión enorme de agua, dicen que es incluso más grande que el desierto.
            — ¿Cómo llegó hasta allí?
            El feneco guardó silencio unos instantes. Miró al desierto y al lobo varias veces.
            —Atravesar el desierto sería lo más rápido, pero eso es imposible para ti. Vas a tener que bordearlo, es el camino más largo pero también el más fácil —giró la cabeza hacia el este—. Sigue hacia el este hasta que veas que cambia el paisaje, cuando veas el agua habrás llegado. Te deseo suerte en tu viaje, espero que encuentres un nuevo hogar.
            El feneco se dio la vuelta y volvió a internarse en el desierto. El lobo lo siguió con la vista hasta que se convirtió en un punto lejano en la distancia, apenas podía distinguirlo de la arena del desierto.
            Ya no tenía nada que hacer allí. Lobo siguió su camino con algo de resignación, corriendo lejos del desierto en busca de un nuevo hogar.
                                                                      

Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

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