sábado, 5 de diciembre de 2015

Relato - El hijo de la Libertad 2

La tormenta ya había pasado, los peligros que horas antes se cernían sobre ellos habían desaparecido. Los dioses se habían unido para que nada les pasase. Parecía mentira que apenas unas horas antes hubiesen estado a punto de morir, pero Davy Jones debía esperar un poco más.
Ahora el capitán estaba apoyado en los candeleros de su navío. A su alrededor sus hombres no dejaban de moverse, pero él no era capaz de hacer otra cosa que no fuese observar el mar.
La gente lo veía como una masa de agua, pero para él y para sus hombres era algo más. Llevaba años surcándolo, siempre acompañado por sus camaradas. Había dejado una vida de esclavitud social por la libertad del mar. El mar no era una mera masa de agua que se movía influido por las mareas, era la frontera que nunca se acaba, el camino que te lleva al destino más increíble que puedas encontrar.
Hacía años que había dejado atrás la desesperación, cuando su mundo no iba más allá de las fronteras de su ciudad. Y al salir al mar descubrió que el mundo era infinito, arrastrado por un vasto océano. En cada isla que había visitado apredió algo nuevo, le habían proporcionado conocimientos que son difíciles de comprender. Había visto animales que jamás habría llegado a imaginar, paisajes con los que únicamente podría haber soñado.
Pero lo que jamás se habría imaginado era la música del mar. Las olas cuando chocaban con el casco de su nave, las gaviotas cuando estaba cerca de la costa. A veces se trataba de una música tranquila, que sonaba calmadamente y le hacía olvidarse de sus problemas.
Pero en otras ocasiones, como horas antes, el mar le traía los sonidos violentos. Las olas de las tempestades, los truenos de las tormentas, el rugido de los cañones de aquellos que le perseguían por haber escogido vivir en libertad, sin rendir cuentas a nada ni nadie.
Poco importaba la música que sonaba a su alrededor. Si era tranquila la disfrutaría, si era violenta, también. Cuando escogió navegar bajo la negra sabia a lo que debía atenerse, sabía que le atacarían, sabía que le perseguirían, no en vano había hecho cosas que lo calificarían de monstruo.
Pero por suerte no navegaba solo, estaba rodeado de camaradas. Hombres libres que le habían escogido a él para que les guiase. Y en su libertad sabía que su única frontera la marcaba el horizonte, no le importaba que le deparase mas allá, no perdería su rumbo, la proa siempre apuntaría al frente, aunque los vientos soplasen en su contra. Si el horizonte les traía barcos enemigos los combatirían, si les traían grandes olas de tormenta, las montarían, nada se opondría a su libertad.
Durante su camino de libertad conoció la maldad, la traición. Conoció a aquellos que mancillaban la tierra y los mares, pero también conoció a las buenas personas, tanto libres como no, que se dedicaban a vivir, sin oponerse a nada, sin dañar a nadie. Tal vez él hubiese escogido el camino del crimen, pero respetaba a aquellos que a pesar de no ser libres vivían su vida tal y como querían, sin dejarse influenciar.
El no había sido capaz de hacerlo, no había soportado saber que jamás seria libre si se quedaba en tierra. Por eso se había lanzado al mar, porque buscaba su libertad, aunque estuviese marcada con una bandera negra. No dejo que la desesperación ahogara su esperanza, encontró a los marineros que se enfrentaron junto a él a las olas del destino.
Por eso era capaz de avanzar tan confiado, porque tenía a un centenar de rufianes a sus espaldas que le apoyaban, que le permitían mirar adelante sin tener que preocuparse de lo que dejaba atrás. Por eso no le preocupaban los mil peligros que le acechaban en el mar, pues juntos podrían derrotarlos.
Un nuevo destino se alzaba en su horizonte, mientras sus hombres reparaban los desperfectos del combate. Una gran isla se alzaba a lo largo del cielo ahora nocturno. ¿Sería un puerto seguro? ¿Sería un futuro objetivo? ¿Les aguardarían allí enemigos que buscaban darles caza? Poco le importaba, estaba frente a él, en su camino de libertad, por tanto iría hasta ella.
Poco le importaba si en ella le aguardaba la fortuna o la muerte, el castigo o la libertad. El había escogido un camino y debía seguirlo hasta el final.

José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25)

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