lunes, 2 de noviembre de 2015

Relato-reflexión - Disfrutemos de las pequeñas cosas 2.0

Creo que el sol se alza poderoso en el cielo, pero no puedo ver nada más que los rayos que se cuelan entre las verdes hojas de la cúpula de árboles que se yerguen sobre mí.
Miro a mi alrededor, no veo más que el marrón de los troncos y el verde de las hojas. Oigo a lo lejos el trinar de un pájaro que sobrevuela libremente las copas de los árboles, el ligero murmullo del agua correr en algún riachuelo cercano. Tal vez si fuese a visitarlo me encontraría con un cervatillo bebiendo agua, o con cualquier otro animal. O tal vez vea que la naturaleza no es tan caótica y salvaje como nos la pintan, tal vez vea al reino animal bebiendo tranquilamente, sin asustarse, huyendo si ven aparecer al único gran depredador que los cazaría a todos sin compasión, el hombre.
Lejos queda ya ese día en el que, sin saber cómo ni porque, olvidando lo que tuviese que hacer, que aún hoy no he conseguido recordarlo, me senté sobre las arenas de una playa dejando que el tiempo y el mundo corriesen libres. Mucho tiempo había pasado desde ese momento, desde el día que comprendí que la belleza estaba más allá de lo que la sociedad me mostraba. Que la belleza estaba en las pequeñas cosas que había a nuestro alrededor, las cosas que eran perfectas en su imperfección. Durante mucho tiempo deje que las luces de la ciudad me cegasen, impidiesen que mirase más allá. No me dejaban ver la luna y las estrellas, no me dejaban ver que la noche no era tan oscura como nos decían, sino que estaba iluminada por las estrellas, como bombillas en la bóveda nocturna. Los altos rascacielos no me dejaban ver que, a veces, para llegar a lo más alto simplemente hay que quedarse a ras de suelo, que no todo lo que vale la pena está por encima de las nubes, que en el suelo, a nuestro lado, podemos encontrar un millar de cosas que nos inspiren. Deje que las piscinas me hiciesen olvidarme de los mares, los parques de los bosques, los campos de futbol de las verdes praderas. Pero todo eso se acabó, pues al fin he abierto los ojos al mundo.
Me miro a mi mismo de arriba abajo,  nada queda del caro traje que llevaba hace tiempo, ni del hombre que lo utilizaba. Los pantalones negros estrechos, los pantalones que me oprimían hasta el alma, han desaparecido, y en su lugar tengo unos pantalones claros, llenos de bolsillos, anchos, que me dejan libertad. La chaqueta y la camisa han dejado paso a otro tipo de camisa, más ancha, que no limita mis movimientos, ni mis acciones. El bolsillo donde antes llevaba mi inseparable y caro móvil ahora tiene un cuaderno, donde voy apuntado todo lo que vivo. Mi maletín, el que llevaba lleno de papeles, lo he sustituido por una mochila, una gran mochila con todo lo necesario para sobrevivir.
Ya nada queda del hombre que fui antes, tan solo el eco lejano de los recuerdos. Ahora soy diferente, ahora, por fin, soy yo mismo. He dejado de lado las exigencias de la sociedad para centrarme en mi mismo, he dejado de vivir por la sociedad para vivir por mí mismo. He dejado de ser un esclavo del sistema para ser libre.
Ante mi veo la inmensidad de un mar verde que no tiene fin. Es un nuevo horizonte para mí, un nuevo destino, y lo voy a explorar completamente, ya nada me limita, ya nada me ata. Soy libre, y voy a aprovechar mi libertad.


José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25)

1 comentario:

  1. ¡Ole! PRECIOSO como siempre,me acordé del post de la playa ya que la mencionaste :)

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