jueves, 8 de octubre de 2015

Relato - Perdido en la luz

Lo primero que vio fue la luz, penetrante, deslumbrante. No veía nada más allá, su visión estaba atrapada en una luminosidad como nunca antes había visto. Pasados unos minutos vio algo más, un círculo de oscuridad que mostraba un paisaje. Se aferró a ese punto lejano con desesperación, necesitaba llegar hasta aquella salida, escapar de aquel resplandor que lo cegaba sin compasión.
Cuando abrió los ojos, estaba tirado en el suelo. Sentía sus pensamientos pesados, embotados. Tenía ideas pero se negaban a moverse, lo más parecido que se le ocurrió fueron los efectos de una fuerte resaca. Vio lo que le rodeaba aturdido. Estaba en un lugar desconocido. El día era gris plomizo, triste, lluvioso. No reconocía aquel lugar, jamás había visto los arboles ni la hierba seca.
Pasaron varios minutos antes de que pudiera incorporarse con esfuerzo, un dolor lacerante recorría hasta el último músculo de su cuerpo. Era como si un martillo hubiera golpeado cada fibra de su ser y lo dejaran tumbado en el duro suelo. El hombre miró su propia mano, parecía delicada pero fuerte.
Se acercó al primer charco que vio, contempló su reflejo con estupefacción. Era consciente de que el agua le devolvió su propia imagen, pero no se reconoció. Sabía que era él, pero solo veía un completo extraño. Analizó sus rasgos uno por uno: pelo castaño corto, gafas de montura, ojos penetrantes de color azul, alto, delgado.
Aquella situación era muy frustrante para él, ¿qué había sucedido? ¿Por qué no recordaba nada?
—Duele, ¿verdad?
Se dio la vuelta, asustado, sorprendido por la repentina voz. Detrás de él había un hombre vestido de negro, sintió una desconfianza automática. Un sombrero negro le cubría el rostro, tenía toda la pinta de un detective: chaqueta de cuero, corbata, zapatos. El agua caía sobre él, reforzando su toque misterioso, aquello no parecía molestarle en lo absoluto. Ni siquiera le oyó llegar.
—Tiene que ser frustrante. Despiertas en un lugar que no conoces, desorientado y sin recuerdos —su voz era suave, relajante. Sonrió—. Es normal que estés asustado, cualquiera se aterraría en tu situación.
— ¿Quién eres? —tenía muchas preguntas, pero aquella fue la que se abrió paso entre las demás.
—Buena pregunta —respondió misterioso el hombre—. La respuesta más sencilla es que vine a buscarte. Eso es lo único que necesitas saber.
Todo en aquel hombre le ponía nervioso: su actitud calmada, el misterio que lo envolvía, sus respuestas indirectas. Solo había dicho algo coherente que lo tranquilizó y al mismo tiempo preocupó.
—No te acerques —contestó el hombre retrocediendo un par de pasos.
—Quieres respuestas, ¿verdad? Ven conmigo y te diré todo lo que necesitas saber. Puedo hacer que recuerdes, despertar tu mente dormida para que conozcas la verdad —no se me movió del sitio. Se levantó el sombrero de forma elocuente. Sus ojos eran muy oscuros, casi negros. Su sonrisa se hizo más amplia—. Es una buena oferta, ¿no crees?
Por supuesto que lo era, demasiado tentadora en realidad. Aquel desconocido le ofrecía todo a cambio de nada, no podía ser tan fácil. Nadie era tan generoso.
— ¿Dónde está la trampa?
—No hay ninguna —respondió el hombre comprensivo, en el mismo tono en el que se le hablaría a un niño pequeño—. Sería raro que aceptaras sin más. Desconfiar es algo muy propio de ti, Scott.
— ¿Cómo me has llamado? —preguntó asustado, cada vez se fiaba menos de aquel individuo.
—Scott, Scott Red —dijo su nombre con parsimonia—. Así es como te llamas, aunque tus amigos te conocían como Red. Se muchas cosas que tú mismo desconoces, Scott, y ahora soy el único que puede ayudarte —dio un par de pasos hacia él, estaban frente a frente—. Se te acaba el tiempo.
— ¿De qué estás…?
Soltó un grito, sentía que su cerebro iba a estallar. Un dolor agudo atacaba su cabeza una y otra vez, como si una lengua de fuego ardiera dentro de ella. Cayó de rodillas entre gritos agónicos, se sujetó la cabeza desesperado, rogando porque terminará aquella agonía.
—Basta.
El dolor desapareció tan pronto como había llegado. Sudaba copiosamente, jadeaba víctima del miedo. Miró a aquel hombre temeroso, no había ni un ápice de compasión en sus ojos inexpresivos y fríos.
—Irá a peor sino aceptas mi ayuda —su voz era grave y no admitía replica—. La elección es tuya: acepta mi ayuda y recupera tu memoria o prepárate para un sufrimiento como nunca antes has conocido.
No entendía nada, tenía miedo. Cada vez estaba más confuso y desorientado, su mente no paraba de producir preguntas sin respuesta. Se sentía como un niño asustado ante una bestia feroz.
— ¿Qué debería hacer? —el pánico se apoderó de su voz sin que pudiera evitarlo.
—Confiar —respondió en el mismo tono solemne, su expresión se suavizó un poco—. No tienes porque pasar por esto, pero no puedo hacer nada por ti si tú no me dejas.
— ¡Ayúdame! —imploró con voz lastimera, se aferró a las rodillas del hombre con desesperación—. ¡Por favor ayúdame!
—Has tomado la decisión correcta.
Le ayudó a incorporarse, tenía más fuerza de la que parecía. Se dio la vuelta y comenzó a alejarse de él. Lo siguió, sin cuestionárselo siquiera.
Caminaron en silencio, la lluvia caía sobre ellos pero a ninguno le importaba. Solo sus pasos sobre la tierra mojada rompían la quietud del agua al caer. El hombre no se atrevía a hablar. Quería acabar cuanto antes, recordar quién era.
No tuvo que esperar mucho para saber a dónde lo llevaba su misterioso salvador, la escena que se extendía frente a sus ojos era inconfundible. Lapidas de tumbas se extendía hasta donde alcanzaba la vista, grises como las nubes que cubrían el cielo, grises como la piedra que las componían. Un sendero de tierra se extendía entre ellas.
— ¿Un cementerio? —los nervios volvieron a apoderarse de él—. ¿Qué hacemos aquí?
—Pronto lo entenderás —respondió su interlocutor sin girarse—. Paciencia, amigo mío.
No quería tenerla, no necesitaba paciencia. Quería escapar de todo aquello, pero la realidad era que no podía. Estaba atrapado en la absoluta ignorancia de la amnesia y solo ese hombre podía ayudarle. Ahora lo veía de otra forma. Para él representaba la única luz en la oscuridad, un rayo de esperanza entre el miedo y la incertidumbre. Guardo silenció y esperó, tal como el hombre de negro le había dicho.
Pasaron entre varias filas de tumbas, siempre en línea recta y sin perder el sendero. Había gente, mucha gente. Al menos debía de haber más de 50 personas al final del camino. El negro los cubría a todos por igual, el color del luto los representaba sin duda alguna. Se trataba de un entierro.
Fueron hasta ellos sin decir nada. Nadie los miró, ni siquiera parecían percatarse de su presencia. Antes de que pudiera decir algo, el cura que oficiaba la ceremonia comenzó a hablar.
—Queridos hermanos, hoy es un día triste. Nos hallamos aquí reunidos para despedirnos de un buen hombre, Scott Red.
El mundo se detuvo en ese mismo instante para él. ¿Por qué había dicho su nombre? Estaba allí con todas esas personas, aquello no tenía ningún sentido.
— ¡No estoy muerto! —gritó con fuerza, pero nadie se giró—. ¡Estoy aquí!
—Ya es suficiente, Scott. No pueden verte, ni siquiera saben que estás ahí.
— ¿Qué significa esto? —preguntó presa del pánico—. ¡Responde!
Fue a agarrar al hombre por la chaqueta, pero sus manos no llegaron a tocarle. Se quedó mudo de terror cuando paso a través de él. Cayó de bruces al suelo, la realidad le golpeó con la fuerza de una maza.
—No puede ser…
—Lo es, Scott —respondió el hombre de negro sin compasión—. Ya no perteneces al mundo de los vivos, es tiempo de que recuerdes que sucedió.
El hombre se arrodilló frente a él y colocó una de sus manos en su frente. Un fogonazo de luz le deslumbró, la claridad se abrió paso en su mente. Las imágenes aparecieron de repente, abrumándolo con la fuerza de un huracán. Ahora lo recordaba.
Había salido de fiesta la noche pasada, cogió la moto para volver a su casa. Estaba borracho, pero eso no le impidió conducir. Iba a toda velocidad, la adrenalina por el exceso de la velocidad era como una droga que lo hacía sentir pletórico. Entonces al cruzar la última esquina vio a una persona. Vestía completamente de negro, lo miro a los ojos. Su mirada era oscura, dos pozos sin fondo que lo hicieron sentir insignificante. No reaccionó a tiempo, se estrello de lleno contra la pared y salió despedido por los aires. Cayó con violencia dentro del cementerio, le costaba respirar. Escupió sangre y boqueo inútilmente, pidió ayuda pero nadie acudió.
—Estoy muerto… —la verdad era innegable, había muerto en un accidente de moto pero no había sido culpa suya. Miró al hombre con odio—. ¡Fue por tu culpa! ¡Si no hubieras aparecido, yo aún estaría vivo! ¡Tú me mataste!
El hombre no dijo nada. Se limitó a mirarlo con aquellos ojos casi negros.
—El responsable de tu muerte fuiste solo tú mismo, Scott Red —sus palabras no eran duran, solo firmes, cargadas de la cruda verdad—. Es cierto que yo estaba allí y que me viste, pero solo fue porque era el momento adecuado. Solo alguien a punto de morir sería capaz de verme.
— ¡Ya basta de misterios! —gritó incorporándose, se encaró a aquel hombre aunque supiera que no podía tocarle—. ¡Dime la verdad! ¿¡Quién demonios eres!?
El hombre guardó silencio de nuevo, esta vez la espera fue larga. No era un silencio tranquilizador, era opresivo como una jaula. Finalmente el hombre habló.
—Soy lo más opuesto a un demonio, de hecho soy la otra cara de la moneda —sus ojos se volvieron completamente negros, igual que la noche de su muerte—. Soy aquel que guía las almas de los muertos, aquel que presencia el final de cada vida, aquel que debe guiar a las almas a su descanso eterno. Soy un ángel de la muerte y tú, Scott Red, desaparecerás de este mundo en este mismo instante.
Nada más terminar de hablar Scott se sintió más ligero, su cuerpo comenzó a emanar una luz. Al principio era débil pero crecía en intensidad por momento, su cuerpo se volvió nítido. Estaba desapareciendo, tal y como el ángel había dicho.
— ¡Espera…! —imploró Scott—. ¡Aún necesito respuestas!
El ángel lo miró una vez más. Era la representación de la muerte, como él mismo había dicho: frio, oscuro, imperturbable. Sus ojos no eran negros como la oscuridad del abismo. No, eran negros como el vacio, como la nada, como la muerte.
—No, ya no las necesitas —respondió el ángel en tono solemne—. Descansa en paz, Scott Red.
Scott ya apenas era visible, pero ya poco le importaba. Cuanto más nítido se volvía, mayor era la calma que sentía. Así Scott Red se desvaneció en el aire, sin que nadie lo supiera nunca. Solo el ángel de la muerte fue testigo de su partida al más allá, pero nada significaba para él. Solo era el fin de otra vida, una entre miles de millones, un viaje que terminaba para siempre.
El ángel desapareció del cementerio en silencio. Nadie lo había visto y nadie sabría jamás lo que había pasado en aquel lugar. Los familiares de Scott Red siguieron con la ceremonia, sin saber que el alma del difunto había estado presente en su propio entierro.
Aquel día gris fue el final de la vida de Scott, pero a la vez fue el principio de otra nueva. Dicen que por cada vida que se acaba una nueva comienza. Un hombre había muerto y, en su lugar, un pequeño bebe abrió sus ojos por primera vez.


                                                            Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

2 comentarios:

  1. Pues si,me quedo con la última frase,lo e escuchado muchas veces aunque nunca se sabe hay tantos casos de tantas cosas pero vamos,bonita historia aunque algo triste.

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    1. Es una frase muy usada la verdad, pero el relato no hubiera significado lo mismo sin ella. Lo cierto es que este relato es un poco especial para mí, surgió de una petición de una amiga y le gustó bastante.

      Teniendo en cuenta el tema del relato no podía tener final feliz, pero me gusta pensar que Scott encontró un lugar mejor

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