domingo, 13 de septiembre de 2015

Relato-Reflexión - Adiós infancia

          Era perfectamente consciente de que nada volvería a ser como antes, aun así le costaba hacerse a la idea. Recordó las palabras que su padre le dijo un día hace muchos años, podía oírlas en su cabeza como si su padre acabará de decirlas: “Algún día dejarás de ser un niño, quizá no lo comprendas aún pero ese momento llegará tarde o temprano. Será duro y tendrás miedo, pero con el tiempo entenderás lo que significa ser un adulto, lo que en verdad significa madurar”.
            Diez años después entendía lo que su padre le confesó siendo un niño inocente, apenas una criatura que no sabía lo que la vida le deparaba. Ahí estaba, parado delante de su casa. No como un niño sino como hombre, un hombre del que su familia podía sentirse orgulloso. Aún siendo un adulto tenía miedo de dar ese paso, de recordar. La antaño apacible casa de su juventud se erguía frente a él como un gigante, retándole a que entrara.
            No servía de nada tener miedo en ese momento, era algo que tenía que hacer. Tarde o temprano tenía que volver, había cosas que no podía dejar atrás.
            Ya no era la misma casa que recordaba, el tiempo había hecho estragos en el que fue su hogar pero su esencia seguía intacta. En apareciera tal vez fuera destartalada, ruinosa, abandonada a su suerte; pero los recuerdos seguían ahí, ni el paso de los años podría borrarlos. Tantos buenos momentos le venían a la cabeza: las tardes jugando en el jardín con sus hermanos, su madre esperándolos con una amplia sonrisa en la puerta, incluso el gesto huraño de su viejo perro le hacía sonreír.
            Solo estaba él en la calle, aún así nadie podría haber entendido su dilema aunque lo vieran con sus propios ojos. Nadie podía entenderlo y era mejor así, pues suya era la batalla que se libraba en su interior. Podría volver con alguno de sus hermanos, rechazar el doloroso duelo en solitario que entrar a su casa le suponía; o hacer de tripas corazón y entrar a su casa, demostrar que no tenía miedo. Al final fue su parte más infantil la que decidió, el niño que llevaba dentro lo instó a entrar.
            El primer contacto con su pasado fue peor de lo que pensaba. Las paredes estaban destrozadas, la humedad había causado estragos en los tablones de madera del suelo. Ver el recibidor de su casa en ese estado le recordó a un jardín abandonado, cada rincón parecía una planta a la que habían dejado de regar y así había sido, todo lo bello se vuelve mustio y viejo si descuidas su atención. Sentía la quemazón de la angustia en su garganta, compungido por ver en aquel estado su antigua casa.
            Sabía que era ilógico que se sintiera así, ni esa era ya su casa ni nadie vivía ella. El banco la hipotecó hace años y la declaró abandonada al no encontrar comprador, recordaba los improperios de sus hermanos mayores cuando lo descubrieron. Ninguno de ellos quiso ocupar la casa. No sería lo mismo sin sus padres, ya no eran esos niños inocentes con preocupaciones tan nimias como decidir que jugar o los deberes de la escuela. En el fondo entendía bien su malestar, hay cosas que nunca se olvidan y la infancia es una de ellas. Leyó una vez que el hogar no es un sitio fijo, más bien era un concepto, una idea. Podías hacer de tu hogar cualquier sitio donde te sintieras cómodo pero solo había una verdad para él, sincera y dolorosa: aquella casa fue su hogar y le dolía verla en ese estado.
            Podía lamentarse y maldecir, culparse así mismo porque el hogar de sus padres hubiese sucumbido de esa forma, pero no sería justo a la verdad. Tampoco lo sería culpar a sus hermanos, quienes ya formaron familias igual que él y eligieron su propio camino. Lo menos que podía hacer era ver por sí mismo lo mal que el tiempo había tratado su antiguo hogar y recordar, sentirse como el niño que una vez fue.
            El salón estaba vacío, no quedaba ni uno solo de los muebles que habían formado parte del mismo desde antes de que tuviese razón. Lo único que quedaba era el silencio, intangible y enorme, llenando toda la habitación. Había agujeros en el suelo y abundantes telarañas, al menos las alimañas y plagas del hogar aun perduraban. Recordaba los domingos con cariño, siempre se sentaban en los sofás a ver una película mientras comían palomitas.
            No sintió remordimiento alguno al ver la cocina o el baño, ahora tenían tan poco valor para él como lo tuvieron en su día. Simplemente tenían sus funciones y nada más, quizás a su hermana si le hubiera dolido ver la cocina destartalada y cubierta por una profunda capa de polvo y telarañas. No, se mentía así mismo al pensar eso, pues muchos momentos felices ocurrieron allí: aprendió a cocinar con su madre, cenó en ocasiones con la que ahora era su mujer; pero sus recuerdos favoritos los constituían los pequeños hurtos con sus hermanos como cómplices, pequeñas trastadas infantiles que aún le hacían sonreír al recordarlas. Sabía que era una tontería pero no podía evitar la sonrisa cuando pensaba en los cuatro entrando en sigilo en la cocina, vigilando que su madre no apareciera para llevase una chuchería a la boca.
            La planta baja le había despertado emociones hace tiempo olvidadas, vivencias de su más tierna infancia. Era como si su mente hubiera plasmado cada pequeño recuerdo en una fotografía y fuese un álbum, sería bastante más sencillo de esa forma. Solo quedaba una cosa por hacer, el motivo por el que había vuelto después de tantos años.
            Se quedó parado delante de la escalera unos minutos, rememorando cada instante con devoción: las ocasiones que bajaba por la barandilla, su padre subiéndolo a caballito y aquellas veces que su madre lo llevaba en brazos medio dormido. La tocó con cuidado, con melancolía, más como si se tratase de una vieja amiga que una baranda de madera vieja. Su tacto era el de la edad, la notaba tan desgastada, tan vulnerable, como si fuera a quebrarse en cualquier momento.
            Los escalones crujían bajo sus pies pero no le preocupaba que se rompieran, confiaba en que cuidaran de él como siempre lo habían hecho. Su corazón dio un vuelco al ver la puerta cerrada, era tal y como la recordaba. La pintura blanca estaba descolada pero su toque personal seguía ahí, el dibujo de un lobo a medio borrar y el pequeño cartel con su letra infantil adornaba el dintel superior de la puerta.
            No hizo falta que girara el pomo, se abrió sola con un débil chirrido. Sin duda le daba la bienvenida, formulándole la pregunta silenciosa que el mismo tantas veces se hizó a lo largo de los años: “¿por qué no volviste?”.
            Esperaba verla vacía, como todas las habitaciones. Era lo que esperaba encontrar, sin embargo no fue así. Las cajas seguían ahí, en un rincón, igual que el día que se fue. Estaba sorprendido de verlas allí, no esperaba que su madre las conservase. Abrió la caja sabiendo lo que iba a encontrar, todo estaba allí: sus peluches, la figura de acción que su padre le regaló, incluso los animales de plástico a los que su imaginación tantas veces dotó de vida.
      Se sintió tentado de jugar una vez más, volver a ser el niño al que todas aquellas cosas pertenecían, pero bien sabía que no podía. Hacía años que se convirtió en hombre pero una pequeña parte de él seguía siendo un niño, eso no era algo que debiera evitarse. El tiempo le enseñó todo lo que le deparaba la adultez: responsabilidades, preocupaciones, nuevas experiencias, etc.
            Rebuscando entre sus antiguos juguetes encontró un cuento, el primero que su madre le regaló. Estaba viejo y ajado, las pastas estaban dañadas y parecía frágil pero era un tesoro de valor incalculable, ni todas las riquezas del mundo tendrían más valor que ese pequeño trozo de su niñez. Abrió la primera página, la dedicatoria de su madre seguía ahí. Ahora podía ver los sentimientos plasmados en su letra: cariño, devoción, alegría. Eran demasiadas para nombrarlas todas, pero estaban ahí. Sonrió mientras una pequeña lagrima bajaba por su cara, siempre había recordado aquella frase escrita en tinta negra y firme: “No importa el tiempo que pase ni donde estés, siempre serás mi niño”.
            Tomó entonces la decisión, la que debió tomar en su momento y fue tan iluso de no hacerlo. Guardó el libro en la caja y cargo con ella por la escalera, era tiempo de que encontrasen un nuevo hogar y estaba seguro de que su nuevo dueño sería tan feliz como él en su día.
Él ya había sido niño, ahora le tocaba a su hijo serlo y como su padre guiaría sus pasos hasta el día en que dejará de serlo. No, mucho después, pues como su padre estaría ahí siempre para él, antes y después de que tuviera que despedirse de la infancia.


                                                                                             Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Me siento muy orgulloso de este relato, fue y sigue siendo a día de hoy una de mis creaciones más emotivas, incluso lo he presentado a un concurso pero no hubo suerte. Traeré más relatos de este estilo en un futuro, gracias por tu comentario :D

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