domingo, 26 de julio de 2015

Relato - La Dama Sangrienta

Todos han oído hablar alguna vez de los vampiros, seres no muertos que se alimentan de la sangre de los vivos, criaturas terroríficas conocidas por matar sin compasión alguna con la única finalidad de ansiar su hambre. El propio cuerpo de los vampiros está pensado para matar: reflejos sobrehumanos, garras afiladas, cuerpos duros como el mármol y, sin lugar a dudas su arma más mortífera, sus colmillos, el único medio que tienen para alimentarse y transformar a sus víctimas en vampiros.
Hubo una vez una vampiresa, temida incluso por los de su propia especie, un monstruo creado por otro monstruo, y esta es su historia.
Todo comenzó en Londres en el siglo XVIII, en un tiempo en el que ella desconocía el mundo de las sombras, en el que aún era humana. Nadie recuerda su nombre pero algunos, los más allegados a ella, la conocieron como Alysa. Criada por una de las familias más influyentes de su época, Alysa fue educada para ser una dama y, algún día, poder casarse con un hombre rico y poderoso que engrandara el nombre de su familia; pero el destino es caprichoso y quiso que su vida cambiara una noche de luna llena. Esa noche es recordada por muchos como “la noche sangrienta”, no solo por el nacimiento de la vampiresa sino por lo que ocurrió mucho después.
El culpable de que aquello sucediera fue un vampiro llamado Nust, que había puesto sus ojos en la joven desde que la vio por primera vez, cuando solo era una niña pequeña, y esperó pacientemente a que cumpliera 16 años para llevar a cabo su más anhelada ambición. Siguiendo el impulso de la sangre, Nust mató a sus padres frente a ella y su hermana pequeña. Ninguna de ellas presenció el final de aquella masacre, ambas perdieron el conocimiento por la brutalidad del asesinato.
Despertaron horas después en un sótano oscuro, ambas atadas con cadenas al cabecero de una cama vieja. La poca luz que iluminaba la estancia provenía de una lámpara de gas. Intentaron soltarse pero el frío metal se les clavaba en las muñecas y les hacía daño.
—Es inútil.
La voz las sobresaltó, no tardaron en ver a su propietario. Un viejo vestido con ropas ajadas las miraba con avidez, con deseo, con unos ojos salvajes. Estaba frente a la puerta, lejos de la débil luz de la lámpara pero podían verlos, sus ojos brillantes en la oscuridad. Los recuerdos golpearon con fuerza la mente de Alysa, rememorando lo que aquel hombre les había hecho a sus padres. Las lágrimas acudieron a sus ojos, lágrimas de impotencia, de tristeza y angustia.
Su hermana lloriqueaba a su lado, temblando, con el rostro contraído en una máscara de terror.
—Veo que ya estáis despiertas —dijo arrastrando las palabras, su voz era ronca y grave. Sus ojos estaban fijos en Alysa—. Nos vamos a divertir mucho tú y yo. Te daré un regalo que nunca olvidarás.
— ¿Qué vas a hacer con nosotras? —Preguntó Alysa aterrada, aunque hubiera querido no podía ocultar el terror que sentía. No solo estaba asustada, lo que aquel monstruo le había hecho a sus padres la enfurecía. Le fue más fácil dejarse llevar por la ira que por el miedo—. ¡Eres un monstruo!
—Vamos, vamos. No te pongas así —contestó Nust con voz burlona, divertido por la furia de la muchacha—. Tus padres no sufrieron demasiado, los maté rápidamente, aunque reconozco que me entretuve un poco. Su sangre estaba deliciosa, especialmente la de tu madre —se relamió los labios y río a pura carcajada, abriendo su boca de par en par.
Alysa pudo verlos brillando en su boca, dos colmillos pequeños pero afilados. Entonces supo lo que era, el hombre frente a ellas parecía humano pero solo en apariencia. Había oído leyendas sobre criaturas como aquella, los monstruos que se alimentaban de sangre y atacaban por las noches: los vampiros.
El color desapareció del rostro de Alysa al comprender la situación, mucho peor de lo que había imaginado en un principio. Iban a morir desangradas por ese monstruo, igual que sus padres y seguramente igual que cualquier otra persona que se hubiese cruzado con él.
«Al menos debo salvarla a ella» pensó Alysa y, armándose de valor, formuló la petición más valiente de toda su vida.
 —Deja marchar a mi hermana y podrás hacer lo que quieras conmigo —dijo Alysa en voz firme pero asustada—. Prometo que no me resistiré.
—Una propuesta muy noble por tu parte, pero tremendamente estúpida. ¿Por qué iba a dejarla ir cuando pudo hacer lo que quiera con las dos? —Su risa era cruel, más parecida a la de una bestia que a la de un ser humano, aunque aquel ser no era ninguna de las dos cosas—. Escucha bien, mocosa: haré lo que quiera contigo, pero tendré piedad con tu hermana. A ella la mataré para que no tenga que ver sufrir a su querida hermanita.
El vampiro se acercó lentamente a la cama sin ceremonias y saltó sobre el viejo colchón, quedando a escasos centímetros de ellas. Las miró a ambas, a cada una de forma distinta: a Alysa con burla, a su hermana con una mirada ansiosa, depredadora.
 — ¡Nooo! —Gritó Alysa mientras el vampiro se acercaba al cuello de su hermana—. ¡Detente, por favor!
Alysa se revolvió con desesperación, tratando de zafarse de las cadenas que la oprimían pero era inútil, el acero era fuerte y no cedía ni un poco a sus intentos de soltarse. Se sentía desesperada, incapaz de apartar la vista, viendo con impotencia como aquel monstruo se arrodillaba frente a su hermana.
—No hagas eso, pequeña. Solo te harás daño —le dijo el vampiro mirándola fugazmente, su atención pronto volvió a la menor que la miraba aterrorizada, viendo su propio reflejo en los salvajes ojos de su verdugo—. Tranquila, será rápido.
— ¡Hermana! —Gritó Alysa con todas sus fuerzas, pero ya era demasiado tarde.
El vampiro mordió el cuello de su hermana con fuerza, clavando sus colmillos en su rosada piel. Su hermana lanzó un chillido de terror, tan intenso que le dolieron los oídos pero no le importaba, preferiría quedarse sin ellos si con eso pudiera evitar su muerte. Alysa lloraba de impotencia mientras se revolvía, viendo a su hermana pequeña retorcerse de dolor, gritando con toda la fuerza de sus pulmones.
La agonía no duró mucho más. Los chillidos de su hermana cesaron con un gorjeo ahogado. Su cuerpo dejo de moverse, la cabeza echada a un lado miraba a Alysa pero en sus ojos ya no había luz. Se había ido, su hermana ya no sufriría más.
 El vampiro siguió succionando la sangre de su hermana un poco más, insensible ante el hecho de que su víctima hubiese muerto. Cuando se separó de ella, su mirada era de lujuria animal y su boca estaba manchada de sangre, la misma sangre que había pertenecido a su hermana, del mismo color rojo intenso de sus ojos.
—Tu hermana estaba deliciosa, la sangre de las niñas es la mejor sin duda —respondió con voz placentera a la vez que se limpiaba la sangre con la manga de su raída camisa. Clavó sus ojos en ella, no había ni rastro de compasión o culpabilidad por lo que había hecho—. No me mires así, te hice un favor. No puedo encargarme de las dos, una neófita ya es difícil de controlar. Créeme, he hecho lo mejor para ti —se acercó más a ella, tanto que habría notado su aliento de tenerlo—. Después de lo que voy a hacerte, me estarás agradecida.
Alysa ya no le escuchaba, su mente había quedado en shock. No fue consciente de como el vampiro arrancaba las cadenas que la aprisionaban, ni de cómo se cernió sobre ella y clavó sus colmillos en su cuello. Solo sintió un pinchazo y, instantes después, la sensación de succión. Todo acabo muy deprisa.
El vampiro se levantó de la cama y se marchó sin decir nada, dejándola sola en aquel sótano oscuro y fúnebre, al lado del cadáver de su hermana pequeña. Nust la dejo ahí, postrada en la cama, incapaz de moverse y con la mente perdida en su pasado, en aquellos momentos en los que había sido feliz.
Minutos después Alysa experimentó el cambio y con él llegó el dolor. Alysa soltó un chillido agónico, un dolor intenso se extendió por su cuerpo, quemándola por dentro y cambiándola. Cayó al suelo, retorciéndose entre chillidos, sentía como si la sangre le ardiera en las venas, como si su cuerpo se estuviera rompiendo por completo. Sufrió esa agonía durante mucho tiempo hasta que el dolor cesó, liberándola de su castigo y, entonces, cayó en las garras del sueño. El cambio ya estaba hecho.
Cuando recobró la consciencia lo primero que sintió fue una sed terrible, como si llevará días sin beber nada, como si su garganta fuera un pozo seco sin agua. Aquello era mucho peor que el dolor, se sentía más débil a cada minuto que pasaba y su cuerpo le parecía cada vez más pesado.
En aquel momento la puerta se abrió y por ella entró Nust, complacido al verla despierta.
—Así estás mucho mejor —dijo con una sonrisa repugnante y tiró algo frente a ella. Alysa no necesitaba verlo, podía oler la sangre aunque no la viera—. Te he traído comida.
Alysa no lo escuchaba, en su mente solo se repetía un único pensamiento, una orden inconsciente que ordenaba ser cumplida. Sus ojos estaban inyectados en sangre y estaban fijos en Nust, el vampiro que le había arrebatado todo y que la había convertido en lo que era.
Llena de odio, Alysa se lanzó sobre Nust con un chillido terrorífico. Él no lo vio venir, la creyó demasiado débil y ese fue su error. El odio le había dado fuerzas, la venganza la llevaba a moverse con furia asesina. Alysa apretó con fuerza la garganta de Nust con ambas manos, él no pudo reaccionar a tiempo. Con un crujido desagradable, la cabeza se separó del cuerpo y cayó rodando al suelo, con los ojos y la boca abiertos para siempre en una expresión de sorpresa mortal.
Todo había terminado, ahora su familia podría descansar en paz. Alysa se había quedado sola y ahora era una vampiresa, eternamente joven y para siempre maldita. Ya no se casaría como quisieron sus padres, ya no podría flirtear con muchachos como ella misma deseó, ya no podría ver crecer a su hermana y aconsejarla. Su vida estaba rota.
Miró una última vez al cuerpo de su hermana, después hizo lo único que podía hacer: alimentarse. Bebió del cuerpo de la mujer con avidez, con lujuria, incapaz de frenar su instinto, perdiéndose con gusto en la sed. Instantes después se marchó, salió por la escalera y todo quedó en silencio.
Nadie conoce la historia salvo yo. Estuve allí, mirándolo todo desde el armario, demasiado asustado para hacer nada. Yo la vi nacer, yo fui el único testigo que la vio convertirse en el monstruo que atormentó Inglaterra durante décadas. Aún la recuerdo, su imagen no es algo que pueda borrar de mi mente.
Fui el único que la conoció antes de convertirse en leyenda, antes de que asesinara a vampiros y humanos sin distinción, antes de que su reinado de terror se extendiera por toda Inglaterra. Para los vampiros era una genocida, para los humanos el lejano rumor de la muerte. Muchos maldijeron a Nust por lo que hizo y aún hoy siguen maldiciendo su nombre.
Esta es la historia de una chica que se convirtió en monstruo, de cómo la inocencia se volvió maldad, de cómo la soledad se volvió odio. Esta es su historia, la historia de Alysa, la dama sangrienta.


                                                                       Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

2 comentarios:

  1. Madre de dios ... Muy buena si señor,menuda historia sigue escribiendo así enserio porque llegaras lejos,me gusta como escribes pues tienes talento para esto,Besitos.

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    1. Lo cierto es que le di un pequeño lavado de cara, antes no estaba tan bien como ahora. Está mal que lo diga pero si que quiero llegar lejos, espero conseguirlo. Muchas gracias por comentar, saludos :)

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